Los saludos viajantes

El otro día recorrí la mitad del planeta hojeando las postales que han llegado a mi dirección. Me bañé en Kuşadası, bebí la cerveza fría en Londres, observé el panorama de Sídney y pasé muchísimo frío en Moscú. Visité Sagrada Familia y Palacio de Diocleciano, admiré el mar azul y la piedra blanca de Santorini. Sólo me asomé en los balnearios y centros vacacionales de Yugoslavia antigua, algunos albergues de trabajadores de fachadas grises. ¿Quién hoy desearía viajar a esos sitios? Así que me di prisa hacia Kotor de 1978. ¿Cómo brillará ahora la piedra del Casco antiguo? Probablemente igual como la espalda de esa postal, entre las fotografías amarillentas y los papeles olvidados. Como la de Trieste, escondida entre tapas de un libro con preguntas sin responder: “¿Qué tal, cómo está tu familia?” postcardsEn algunas están dos-tres filas escritas con prisa, sólo para que haya texto en la espalda. En una un saludo de Don Quijote de Madrid, en otra del centro de Tokio y una más de Túnez con la promesa que el tiempo pasará rápidamente hasta nuestro próximo encuentro. Recuerdo cómo me sorprendió un informe del café de la mañana en Liubliana, y emocionó la invitación en español de Niza a descubrir todo lo que es no Niza de postales. De Ekaterimburgo me avisaron que la cuidad tenía 280 años, que el clima era seco y la presión atmosférica ligeramente por encima de 730, que el agua del grifo no era potable, “que hacían cientos tipos de pan, negros y marrones y cada uno envuelto en papel…” (¡lo que puede caber en un saludo desde sur de Siberia!). Pronto iré a Corea del Sur, en cuanto llegue la postal. Sé que las postales no se piden pero no pude resistirme a no pedir un saludo precisamente de allí porque es uno de los países que conozco sólo por su nombre.

Me alegro por cada una igualmente, las miro con alegría, como si pudiera ver algo más que atracciones turísticas o leer más de lo que está en la espalda de ese anuncio cuadrado. Sobre todo me alegro cuando llegan de otros continentes y me pregunto cuántos kilómetros atravesaron para llegar en mi buzón. Eso no son solo pedazos de cartón que muestran los lugares turísticos, son testigos del viaje y del deseo de compartir con alguien impresiones sobre otro lugar o por lo menos mandar unos saludos soleados o lluviosos. Es una manera de regalar un momento cuando no estamos juntos, de saludar desde otro lado de la frontera, como cuando vamos al otro lado de la calle. Hoy en día en lugar de enviar los saludos desde lejos, compramos imanes de diferentes meridianos, mientras que la nevera se convirtió en un escaparate para observar recuerdos de viajes, sin saludar y recibir saludo de vuelta. Al mismo precio compramos recuerdo de un momento, pero no escribimos unas cuantas líneas, no recordamos la dirección ni código postal.

¿Y vosotros, enviáis los saludos por el correo?

Todos los derechos reservados © Sueños en maletas

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