Cuando las maletas viajan solas

Cuando miro hacia atrás mis viajes, me doy cuenta de que mis maletas no siempre fueron buenas compañeras. Pasaba que no nos coincidían los itinerarios, el tiempo de salida y llegada, ni siquiera el destino. En cada una de ellos, también viajaron mis sueños. Había grandes y pequeños, caros y baratos, colorados y monocromos sueños y maletas.

En Madrid mi jumbo con flores se quedó sin la rueda derecha y justo en la entrada del metro de camino hacia el aeropuerto. Tenía que conducirlo por corredores bajo tierra sólo con la rueda izquierda, sosteniendo la parte derecha para que no se arrastrase por el suelo. En algunos momentos lo tiraba con las dos manos tras de mí, mientras que los transeúntes se volvían extrañados por el sonido de fricción de plástico y mármol. Por el camino temía cuánto me costaría el exceso de peso y ya vi que en facturación tendría que renunciar a unos kilos de mi pasado madrileño. En la maleta cupo todo mi año en español: libros no leídos (los leídos fueron más ligeros), manta de color violeta, sábanas de algodón del rastro de Novi Beograd, bailarinas para salsa, zapatos para correr, sandalias para noches madrileñas, libreta para gastos mensuales… y tres pilas más de todo lo necesario e innecesario que tenía que ir y volver conmigo… Cuando en el aeropuerto la puse en el balance electrónico y vi 31.4 de 32 permitidos me desplomé sobre la pared de metal entre cintas transportadoras y con incredulidad miraba fijamente tres cifras de salvamiento.4113228-713700-travel-suitcase

Un maletín de color negro literalmente se descompuso cuando lo deshice al llegar por segunda vez a Madrid. ¡Pobrecito! De él sólo quedó el chasis de metal: toda su refuerzo de plástico se transformó en mi desesperación. Se estiraba como un acordeón. Pero sus ruedas eran lo suficiente fuertes para un skateboard. Compré otra maleta y con ella llegaron sueños frescos.

Una bastante pequeña, simple y seria, la dejé en Barajas a una amiga porque no se ajustaba a las dimensiones del equipaje de mano. Antes de eso tuve una discusión con los empleados de facturación porque la compañía había cambiado las proporciones sólo seis días antes de mi partida. ¡Eso fue el reenvasado de sueños más rápido de mi vida! La maleta llegó unos meses más tarde, cuando me olvidé de lo que había dejado en ella.

Tuve la suerte de que mi maleta azul favorita se perdiera solo una vez al cambiar de vuelo. Esperé dos días a que me la enviaran de Fráncfort. Nunca he estado allí, pero mis sueños viajantes sí, de modo que Fráncfort marqué en mi mapa del mundo.

La misma maleta la olvidé en un hermoso Nunca Jamás en Grecia y esperé 47 días a que volviera. Pues eso. La olvidé y entonces explicaba a las caras confundidas que eso también era posible. Olvidarse de la maleta. Simplemente, no tenía ganas de volver a casa. Una parte de mí prolongó la estancia, pero los sueños los llevé conmigo.

Recientemente por primera vez viajé sin maleta. Pero no sin sueños. Todo lo que necesitaba me lo puse en la espalda, como las alas y con gente conocida me dirigí a una ciudad desconocida. Y allí hice realidad otro sueño. Ahora sé que los sueños también pueden caber en los bolsillos.

Todos los derechos reservados ®Sueños en maletas

Correción de pruebas: cortesía de Eduardo Montoya

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