Milinología griega

Recuerdos de un tocador de bouzouki me llevaron a Grecia justo después de las fiestas navideñas, cuando el año nuevo y el invierno belgradense no tomaron el ímpetu pero sí mis deseos de viajar y encontrarme de nuevo con él.

Llego a Salónica. A primera vista, una ciudad de arquitectura simple y ordenada, pero de tráfico caótico. Todo lo que adorna los Balcanes encontró su lugar aquí: el bullicio de la ciudad de día y noche, la comida rápida en cada esquina, la gente amable y hospitalaria, la música alta de los cafés, el glamur de los bares de lujo en un extremo de la ciudad y el dert de las tabernas llenas de humo en el otro… Pero el olor del mar, palmeras y piedras blancas me acuerdan de que estoy en el Mediterráneo y que fue el mar que dio la vida a esta ciudad. El Olimpo en la distancia y cielo despejado sobre el puerto, la puesta del sol en el muelle al lado de la Torre blanca, el viento en la Plaza de Aristóteles, los olores de las especias raras… todo desconocido para mí y, sin embargo, no me siento lejos de casa.

Como siempre, la única hermosura de la naturaleza, olores y sabores inolvidables están lejos de la gran ciudad y monumentos históricos.

Nos dirigimos a la parte de Grecia que es casi desconocida a los mapas turísticos, a la prefectura de Magnesia. Llegamos a Volos. El olor de la cuidad entra en mi abrigo mientras caminamos por el largo muelle, y la humedad de atardecer no me deja ver claramente la réplica de la nave en la que los argonautas partieron en busca de vellocino de oro. Nomos_MagnisiasSeguimos hacia la sierra de la montaña Pelión que forma una península entre el golfo Pegasético y Mar Egeo. Allí antes vivían los centauros, criaturas cuadrúpedas, mitad humanos-mitad caballos con los que combatía Peleo, padre de Aquiles, por lo que la montaña obtuvo su nombre. Se encadenan los establecimientos y cuentos mitológicos entre praderas y olivos. Él recuerda cómo en el camino entre dos pueblos había una iglesia pequeñita, construida en la curva donde alguien desgraciadamente perdió la vida. Precisamente allí cada verano con su abuela esperaba a sus padres llegar de Salónica para que finalmente comenzaran sus vacaciones familiares. Hoy en día de la iglesia se quedaron solamente las huellas de cimientos, y a él le quedaron esparcidos recuerdos de la infancia.

Por carreteras sinuosas llegamos a un pequeño pueblo. Milina. Tranquilo, casi imperceptible en el mapa, abandonado por muchos que buscaron la suerte en otras ciudades griegas, muy probablemente en Volos, Salónica, o quién sabe dónde… Quizás el más pequeño de unos treinta pueblos de la península pero adaptado para la vida porque tiene una panadería, unas cuantas tabernas, una pescadería, una escuela primaria, un pequeño puerto y una iglesia grande cuyo sacerdote me saluda con profundos ojos negros, como si nos conociéramos: “Jasas”. Al igual que unos cuantos pueblos de la costa, Milina también fue un puerto comercial y oasis de pescadores en épocas de la pesca en islas y bahías cercanas, mientras que los hogares y granjas familiares estaban principalmente en las colinas. Ahora ahí viven los que les importan más el mar y olivos que cualquier desafío del mundo moderno.

tzasteni. Foto gastwoEn el amanecer aquí huelen las ondas. Las mañanas son ligeras y frescas. Alrededor del mediodía se desborda el azul del cielo y del mar, las callecitas y patios huelen a naranja y limón. En la tarde evaporan hierbas de la piedra entre las que sólo reconozco el romero y la lavanda. Con él precisamente allí descubro el hedonismo griego en cantidades pequeñas: botellita de cipuro para dos – sabor de aguardiente con anís, el exacto color de los cítricos, sonido de la canción tocada por el bouzouki, resplandor de la luna llena sobre el mar plano. Él en sus dedos  tiene los ritmos de toda Grecia, y yo en mis caderas las trompetas y “rock’n’roll de pastores” de la Yugoslavia antigua. Mientras descubrimos todo lo que nos une, los Balcanes me parecen cada vez más pequeños y el Mediterráneo cada vez más cerca. Milina.

Milina o ostrvo Alatas. Foto: gastwoSeguimos en coche por la costa hasta llegar a la última aldea. Nos encontramos con una mujer mayor que estaba recogiendo las hierbas al lado de la carretera para preparar de ellas especias olorosas y un pastor pensativo que guiaba las cabras. Las campanadas se hacen eco en la bahía. Me invade el silencio e imaginación sobre las historias mitológicas y reales de la gente que no veo ni siquiera de paso. Después de unas curvas nos encontramos con el siguiente pueblo de pescadores. La brisa fría de tarde desde el mar trae a las bahías una luz grisácea y es difícil discernir últimas casas en la fila. ???????????????????????????????Todo es indiferente a nosotros, simple, lindo, hecho a la medida y deseo de los residentes. Incluso las tabernas que están cerradas desde octubre. Dentro debe estar cerrada toda la vida de una familia que pasó años equipándola y los veranos recibiendo turistas curiosos.

Damos la bienvenida a las estrellas en un pueblo en la cima de Pelión. Las calles adoquinadas son tan estrechas que no se puede entrar en coche. El silencio en él es refrescante, pero su desolación es algo melancólica, por la luz de las farolas y humo de chimeneas. Estoy más cerca del cielo que nunca. Puedo tocar las estrellas, moverlas con la mano. En el pueblo siguiente nos encontramos con una magnífica iglesia, rodeada por una pequeña plaza, plátanos y bancos. Liturgia en curso. Muchas caras cálidas se vuelven hacia nosotros, unos desconocidos, para dejarnos lugares para sentarnos. Estoy feliz y avergonzada porque no entiendo nada, pero les doy las gracias con la sonrisa. Salimos a la luz de la luna llena y de tenues bombillas domésticas. El invierno de Pelión se apodera de mí y me recuerda que es enero…

…OS REVELO UN SECRETO… En la colina sobre Salónica, Panorama, desde la que se puede admirar toda la cuidad, hasta el Olimpo, no dejéis de probar la baklava con relleno de crema de vainilla llamada trigona panoramatos. Por 10 euros vais a obtener diez de estas pequeñas maravillas de pastelería. Y si vais a Milina, ne dejéis de comprar una hogaza de pan casero cuyo olor se siente por la calle.

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